Iba yo, con el vehículo que el destino me ha otorgado, por el carril exterior de una rotonda cuando, de pronto, un Anormal se ha cruzado ante mi. He pisado el freno y durante unas décimas de segundo he esperado, oír y notar, el contundente golpe. No se ha producido. El Anormal ha seguido se camino. Yo he seguido el mío. Y el resto del mundo, ha continuado con su indiferente existencia.

Sólo el susto.

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En la pantalla de mi imaginación, que es made in usa y que, por tanto, se rige por ley del talión, media docena de conductores detenían su trayectoria y un justiciero divino (el barbudo de las alpargatas) bajaba de los limbos para impartir justicia. Daba unos golpecitos con los nudillos a la ventanilla del conductor Anormal, y tras saludarlo, sacaba su escopeta de cañones recortados y le volaba la cabeza.

Por desgracia, la realidad es injusta.

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Si uno resulta herido o muerto en un accidente, que “la culpa” del accidente sea de otro, importa poco. Como decía Kurt Cobain: Si te encuentras en medio de un incendio, lo que menos te importa es quien lo ha provocado”.

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De todos modos, sed prudentes al volante. Como dijo James Dean, en un anuncio contra la siniestralidad en las carreteras: “Conducid con prudencia, la vida que salvéis podría ser la mía.”

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