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Viendo películas viejunas uno descubre una época donde el espectador era algo más que un contenedor al que se debía vaciar una película, bien batida y masticada de antemano.


Estos días me acuerdo de Furia, de Fritz Lang. Hay una escena iluminadora: Tenemos un juicio y en él, se decidirá si el prota es inocente o culpable. (Otto Preminger hubiese hecho, con esto, una película de juicios de dos horas :D) pero el señor Fritz Lang, lo rodó desde el punto de vista diferente.

No hay sala del tribunal, ni juez, ni jurado (todos hemos visto ya estas escenas decenas de veces en otras películas y series de televisión). Lo que rueda Lang es la imprenta de un periódico. Con un señor esperando al lado del teléfono, y en la pared, colgando, posibles portadas del periódico con tres titulares diferentes: “Inocente”, “Culpable”, “Siguen deliberando”.

Suena el teléfono. El tipo descuelga. Pone la oreja. Cuelga. Se acerca a la pared y agarra el titular de “culpable” y lo pone en la imprenta.
¡Tachán! Sabemos el resultado del juicio sin haber presenciado el juicio y ¡sin que haya sido necesario decir ¡ni una sola palabra!

Y ahora, recordando lo dicho que “todos hemos visto ya estas escenas de juicios decenas de veces en otras películas”, añado que Fritz Lang rodó Furia en 1936.
¡En 1936 Lang ahorró escenas que la gente ya tenía muy vistas! Hoy en día nos tocaría (tragarnos) el juicio, seguro.

Furia

Quizás alguien apunte que Lang se ahorró las escenas del juicio porque el presupuesto no le daba para recrear un tribunal. (De la misma forma que Orson Welles hizo malabarismos con las sombras y el eco en Ciudadano Kane para “crear amplitud en la mansión”, cuando por no tener, no tenía ni mansión). Quizás sea cierto, quizás sea sólo sea ingenio nacido de la precariedad. Pero ¿cuánto cuesta una película hoy en día? ¿Cuántos de esos gastos podrían ahorrarse con algo más de ingenio? Y, a la vez de ahorrar, podrían contar algo que ya hemos visto decenas de veces, de forma diferente.

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