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Acto I

En el interior de la iglesia de Santa Catalina, en Nuremberg, se celebra la vigilia de San Juan Bautista. El último banco está ocupado por Eva y su ama Magdalena. La primera coquetea con un caballero, que había conocido la víspera en casa de su padre, pero Magdalena recuerda que la joven está comprometida con el Maestro Cantor que consiga vencer en el concurso que se celebrará al día siguiente, en la festividad del santo patrono de la ciudad. Walther, que así se llama el caballero, queda profundamente turbado por la noticia. Poco después, aparece David, enamorado de Magdalena y aprendiz del zapatero-poeta Hans Sachs, dispuesto a preparar la iglesia para una reunión de los Maestros Cantores; ésta le pide que le explique a Walther cómo puede llegar a convertirse en Maestro para, así, ganar la mano de Eva.

Mientras otros aprendices acondicionan el templo, el muchacho le explica al caballero las numerosas y complejas reglas de los modos y las rimas que se han de dominar y poner en práctica para la creación de una nueva melodía sobre versos originales: es así como se alcanza el título de Maestro Cantor. Walther no se arredra ante la dificultad y decide ponerse a la obra. Tampoco le asustará la terrible figura del “marcador”: cada candidato a Maestro sólo puede cometer un máximo de siete errores, que este personaje anota sobre una pizarra. Mientras los Maestros Cantores entran por la sacristía, los aprendices se dispersan.

El primero en llegar es Pogner, el padre de Eva, un rico orfebre de Nuremberg; viene acompañado (o, más bien, atosigado) por el escribano Beckmesser, un más que maduro solterón que le pide insistentemente ayuda para obtener la mano de su hija. Walther le saluda y le anuncia que quiere presentarse al concurso de canto. El padre de Eva acoge con alegría la noticia, al contrario que el escribano. Mientras, van llegando todos los Maestros; el último es Hans Sachs; entonces, el secretario pasa lista y se decide iniciar la sesión. Beckmesser se propone a sí mismo como marcador.

Pogner explica su indignación, durante sus viajes por tierras alemanas, al constatar que las gentes tienen a los burgueses por avaros, mezquinos y enemigos de las artes, sólo preocupados por los negocios. Y es precisamente para luchar contra esas ideas injustas, para probar que él no pone nada por encima del arte, por lo que ofrece la mano de su hija Eva y sus bienes al vencedor del concurso de canto del día de San Juan. No todos los Maestros dan muestras de aprobación, Hans Sachs y Beckmesser parecen contrariados. Sin embargo, el zapatero se contenta en el momento en el que Pogner asegura que Eva podrá rechazar al vencedor, si éste no es de su agrado; pero que sólo podrá casarse con un Maestro Cantor. Beckmesser no parece nada convencido. Cuando vuelven a la orden del día, el rico orfebre presenta a Walther von Stolzing como candidato al concurso.

La asamblea recibe con cierta suspicacia al aristócrata y le pregunta quién ha sido el artista que le ha enseñado a cantar. El caballero, entusiasmado, cuenta que en el silencio de las largas veladas invernales estudió poesía en el viejo manuscrito de uno de los más famosos Minnesingers alemanes: Walther von der Vogelweide, y que, en cuanto a la música, fueron los pájaros del bosque y la naturaleza en primavera sus maestros. Después de algunas discusiones, y en contra de la opinión de Beckmesser, la candidatura de Walther es oficialmente aceptada. El secretario de la corporación enuncia las reglas del concurso de canto. Walther se adelanta hacia el estrado de los candidatos y Beckmesser, en su papel de marcador, le ordena que comience.

Se escucha un encendido y libre himno a la naturaleza, la primavera y el amor, mientras Beckmesser no cesa de apuntar en la pizarra innumerables errores hasta, finalmente, interrumpirle. Hay un gran desconcierto en la asamblea. Sachs intenta convencer a sus compañeros de que, pese a que la canción de Walther es poco ortodoxa, tiene una gran inspiración; también le recrimina a Beckmesser el abuso en sus funciones de corrector, por causa de los celos, e invita al joven a reemprender su canto. Pero el antipático escribano consigue que, salvo Sachs y Pogner, la asamblea vote contra Walther. Vuelven los aprendices y, al mezclarse con los maestros, reina una gran confusión. Todos salen de la iglesia y Sachs, descorazonado al mirar el estrado vacío del candidato, se queda solo.

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Acto II

En una estrecha calle de Nuremberg se miran, frente a frente, la modesta casa de Sachs y la imponente mansión de Pogner, junto a la primera se alza un saúco, junto a la segunda un tilo. Estamos al comienzo de una tibia y perfumada noche de verano. Los aprendices cierran las ventanas de las casas de sus maestros, y, mientras se adelantan a la celebración de la fiesta de San Juan, le preguntan a David sobre su historia de amor de Magdalena, que sale de la mansión de su amo con una cesta llena de viandas. Cuando el aprendiz le cuenta el fracaso de Walther en la prueba de canto, le deja sin la cena que le traía y entra precipitadamente en casa de Pogner. David tiene que soportar las risas de sus compañeros y Hans Sachs pone fin al alboroto ordenándole que vuelva a su trabajo.

Eva y su padre se sientan bajo el tilo hablando sobre el concurso de canto del día siguiente y las consecuencias que tendrá en la vida de la muchacha. Cuando ambos entran en la casa, Magdalena le cuenta el fracaso de Walther y la muchacha decide ir a visitar a Sachs para que la aconseje. Su ama también tenía que darle un recado de Beckmesser, pero no le da la más mínima importancia.

Sachs se sienta a trabajar a la puerta de su casa y manda a David a dormir. Ya solo, empieza a recordar los recientes acontecimientos: la rigidez de los maestros frente a la belleza, la originalidad y la frescura del himno a la primavera de Walther. Aparece, entonces, Eva, queriendo saber, por boca de su amigo, qué ocurrió en la prueba, pero no se atreve a preguntarlo abiertamente. En su conversación hay mucha ternura, bastante ironía y un poquito de malicia. Cuando salen a relucir las pretensiones de Beckmesser de ganar el concurso, para así poder casarse con Eva, ésta invita a Sachs a presentarse, puesto que es Maestro y viudo; pero, aunque esa propuesta le seduzca más de lo que quisiera, la rechaza apelando a su edad. Cuando, finalmente, la muchacha conoce lo sucedido en la prueba de la mañana, se muestra tan contrariada que el viejo zapatero descubre sus sentimientos por Walther y decide ayudar a los jóvenes enamorados.

Magdalena se encuentra con Eva y le transmite, por fin, el mensaje de Beckmesser: quiere ofrecerle una serenata bajo su ventana esa misma noche; pero la hija de Pogner convence a su ama para que ocupe su lugar, mientras ella se encuentra con Walther que une su alegría al verla con su indignación por el comportamiento de los Maestros Cantores. Cuando el sereno canta las diez en su ronda nocturna, Eva conduce a su enamorado bajo el aromático tilo y ambos deciden huir juntos. Sin embargo, Sachs ha sido testigo de toda su conversación y se promete vigilar a la pareja para no permitir que hagan una locura. Cuando Eva vuelve disfrazada con las ropas de Magdalena, Sachs proyecta sobre ellos la luz de su lámpara. Los jóvenes quedan aturdidos.

Entonces, por la calleja, aparece Beckmesser, disponiéndose para la serenata. El zapatero quita la lámpara de la ventana, Walther, reconoce al escribano como el odioso marcador de la prueba y quiere lanzarse contra él, pero Eva le sujeta. Cuando intenta iniciar su canto, Sachs comienza a golpear con todas sus fuerzas los zapatos con un martillo y entona a voz en cuello una canción cargada de sarcasmo sobre la expulsión de Adán y Eva del paraíso. El grotesco escribano está furioso pero intenta hablar con Sachs convenciéndole de que juzgue la canción que presentará al concurso para poder, así, iniciar su serenata. Sachs acepta, siempre y cuando pueda continuar con su trabajo; marcará cada error con un golpe de martillo en la suela de los zapatos que está confeccionando. Magdalena aparece en la ventana de Eva y los enamorados buscan resolver su difícil situación.

Cuando Beckmesser comienza a cantar, Sachs le saca tal cantidad de faltas que le da tiempo, con tanto martillazo, a acabar un par de zapatos. El escándalo despierta al vecindario, David ve al escribano dando una serenata a Magdalena y se lanza contra él. Aprendices, maestros y vecinos salen a la calle y se enzarzan en una gran pelea. El zapatero sigue vigilando a los enamorados que se disponen a huir entre el bullicio, pero empuja a Eva a los brazos de su padre y obliga a Walther a entrar en su taller. El agua que las mujeres han arrojado desde sus ventanas han contribuido a calmar los ardores guerreros del vecindario que se retira, como Beckmesser, pero él, además, cojeando y con el laúd hecho pedazos. Todas las ventanas se cierran. El sereno da las once sin apenas poder creer lo que ve, después de tanto alboroto: una ciudad que duerme tranquila bajo el manto resplandeciente de la luna llena.

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Acto III

En la mañana de San Juan y en el interior de su taller Hans Sachs lee. David entra, tropezando, e intenta justificar su comportamiento de la víspera, pero su maestro no le da mayor importancia, sólo le pide que cante su pregón. Al hacerlo, se confunde de melodía, utilizando la misma de la canción que Beckmesser entonaba la víspera. Ante la sorpresa del zapatero, reconoce su error y entona la suya, lo que le hace comentar no sólo que precisamente ese día es el del santo del maestro sino también que debería volver a casarse y lo podría hacer con Eva, ya que nadie pondría en duda que, de presentarse al concurso, sería él el ganador y no el odioso escribano. Sachs le manda arreglarse para la fiesta.

Ya solo, el zapatero se pregunta, recordando la agitada noche, sobre la propensión natural del hombre a la pelea y sus extrañas causas. Aparece, entonces, Walther que se acaba de despertar. Está descansado y ha tenido un sueño precioso, pero no quiere volver a oír hablar de los Maestros Cantores. Sachs les justifica: aunque a veces se puedan equivocar, son honestos y defienden lo que creen bueno y auténtico. Así que se presta a ayudar al joven caballero a componer una canción, basaba en su sueño y siguiendo las normas de los Maestros. Walther canta dos bellas estrofas y ambos se disponen a prepararse para la fiesta.

Beckmesser, tan atildado como ridículo, entra en el taller vacío, encuentra la hoja donde el zapatero escribió la canción de Walther y la guarda en un bolsillo. Convencido de que ésta es una declaración de amor y Sachs su rival, va a su encuentro acusándole de ser el causante del tumulto de la noche anterior, para ridiculizarle delante de Eva, y enarbola la hoja robada como prueba de esta acusación. Para su sorpresa, el zapatero le dice que puede quedarse con ella, incluso cantarla, aunque le previene de que no es fácil encontrar el tono justo de la melodía. El escribano se marcha feliz y convencido de que, con esa canción, no tendrá rival en el concurso.

Fingiendo que le aprietan sus zapatos nuevos, Eva entra en el taller del zapatero, radiante con su vestido blanco de fiesta; entonces, aparece Walther, apuesto y elegante, en sus mejores galas de caballero. Ambos quedan extasiados ante la visión del otro y el zapatero hace como si no se diera cuenta, poniendo, aparentemente, toda su atención en el zapato de la muchacha e invitando discretamente a Walther a proseguir su canción. Dicho y hecho: el joven reemprende el canto que evoca su amor, con lo que Eva rompe a llorar y se abraza a Sachs. Turbada por la música y por la bondad del noble zapatero (que tiene que disimular sus fuertes emociones), le manifiesta todo su cariño y que no hubiera dudado en ser su esposa, si otro amor más grande no hubiera conquistado su corazón. Sachs evoca, entonces, la historia de Tristán e Isolda, afirmando que a él no le gustaría correr la misma suerte que el rey Marcos.

Cuando aparecen Magdalena y David, el Maestro se dispone a dar nombre a la canción de Walther; él será el padrino y Eva la madrina. Pero en un bautizo hacen falta testigos y, como un aprendiz no tiene categoría suficiente para serlo, con una sonora bofetada, le hace oficial. Todos evocan la magia de ese instante tan parecido a un sueño. Pero el zapatero les devuelve a la realidad: deben salir hacia la pradera en donde se celebra la fiesta de San Juan.

Nuremberg se divisa en la lejanía, mientras el río Pegnitz serpentea por la pradera. En ella, se ven quioscos multicolores donde se refrescan los burgueses que llegan bulliciosos, alegres y vestidos de fiesta. Todos los gremios de la ciudad, con sus banderas y estandartes multicolores, desfilan y cantan alegres pregones, con viejas historias de la heroica villa. Por el río aparece un barco con muchachas de un pueblo vecino que animan a los jóvenes a bailar con ellas. Entre ellos está David que vuelve a ser el blanco de las bromas de sus compañeros cuando le recuerdan que Magdalena le puede descubrir. Cesan las chanzas en el momento en el que los Maestros Cantores llegan en procesión solemne.

El pueblo entero aclama a Hans Sachs con un himno que el zapatero agradece para, inmediatamente después, rendir homenaje a Pogner que, al ofrecer la mano de su hija y toda su fortuna, muestra al mundo hasta qué punto Nuremberg reverencia el Arte y la valía de los Maestros Cantores. Beckmesser, que no parece manejarse demasiado bien con la canción de Sachs, comienza a sentir miedo. Pero su actuación debe ser la primera, al ser el más veterano. Con una pisada no muy firme, se acerca al escenario.

Sachs le invita, muy discretamente a retirarse y el pueblo se mofa de él. Pese a ello, inicia una grotesca serenata que no es ni el pálido reflejo de la canción que se apropió en el taller de Sachs. El pueblo estalla en carcajadas y Beckmesser intenta justificar su fracaso: se lo echa en cara al zapatero a quien acusa de ser el verdadero autor de la canción. Sachs lo niega y pregunta si alguien puede avalar su palabra. Entonces, Walther se adelanta y deja oír su propia interpretación del poema. Le escuchan unos Maestros emocionados y es aclamado por el pueblo. Eva le corona con mirto y laurel y le conduce delante de su padre pare recibir su bendición y la aceptación de Walther, con todos los honores, como Maestro Cantor. Todos quedan estupefactos cuando el orgulloso caballero rechaza la cadena con la imagen del rey David que representa a la corporación.

Ante la consternación general, Sachs le reprocha dulcemente el gesto de ingratitud y vuelve a explicar la noble función de los Maestros como guardianes y garantes del Sagrado Arte Alemán. Eva retira la corona de la frente de Walther y la coloca en la de Sachs que toma, a su vez, la cadena de las manos de Pogner y la coloca alrededor del cuello del caballero. Todo es alegría en una pradera que homenajea a un ciudadano de Nuremberg cabal, zapatero y poeta.

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Fuente: http://www.wagnermania.com

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