Acabo de leer Los relatos de Belkin, de Pushkin. Y aunque me han gustado mucho (me quito el sombrero ante el final de Dubrovski) me arrepiento de haberlo hecho ahora.
Tengo un mandamiento que dice: “Sólo leerás literatura rusa en invierno.


Como cualquier mandamiento digno de tenerse en cuenta, hay que quebrantarlo de vez en cuando, para comprobar su utilidad (de lo contrario, se convierte en una solemne tontería que sólo se mantiene por rutina).

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Agarrar uno de los libracos de “2to” o “Tolstón” puede provocar, sólo por agarrarlos, una buena sudada. Abrirlo y empezar a leerlo no es difícil (leer, cuando se sabe, es fácil, y por lo que respecta a “abrir un libro”, supongo que lo habréis intentando alguna vez…). Que el contenido guste o no, eso ya es otra cosa.

Pero leer a los grandes rusos, leer a Gógol o Chéjov, es encontrase con nieve y troikas, con mujiks y popes, y con médicos rurales que no pueden llegar a tiempo a la isba porque distan muchas verstas. Por no hablar de los personajes con tres nombres que, según con quien hablen, se les llama por una, otra o de la tercera manera, o incluso con un diminutivo cariñoso –y muy ruso-, que pueden llegar a hacer sudar al lector.

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A mi me agrada esta literatura rusa, pero he comprobado que, por más que apasione, el frío ruso no se puede sentir estando en manga corta y a treinta y pico grados. No se puede y punto.
Es por ello que procuraré ser fiel a mi mandamiento y leerlos, y así apreciarlos más, en el crudo invierno.