Un blog es un puzzle. Cada post es una pieza. Un blog, como una vida, está compuesto de centenares, miles o millones de frágiles piezas que por si solas no ilustran apenas nada, pero juntas… juntas ofrecen el mosaico de una existencia.

En mi distorsionado modo de vivir la realidad, es como si me estuvieran cambiando el puzzle sin avisar. Una fuerza oculta esparciera piezas nuevas o las arrastrara fuera de la mesa.
Y, obviamente, nunca he sabido qué dibujo hay en la caja del puzzle…

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A menudo, acude a mi mente la irrefutable máxima que todo es una solemne perdida de tiempo. Escribir esto, por ejemplo.
Pero a la vez, y ahí está el nudo gordiano de toda mi locura y mi intento de sobrellevarla mediante la escritura: yo, en realidad no existo. Sólo existo cuando escribo.

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Todo el que lea esto, lector accidental, fugaz, de los que nunca comentan o seguidora fanática, SABE que si en un determinado momento yo no hubiese escrito algo en algún sitio, ahora no existiría en sus vidas.
Es decir, que si dejo de escribir, dejo de existir.