Hace algunas semanas que me ronda por la cabeza la siguiente pregunta:
¿
Y qué haría si fuera invisible?
La lectura del crossover de Alan Moore (La liga de los hombres extraordinarios), en que mezcla en una historia a protagonistas de novelas de aventuras y ciencia-ficción de finales del XIX (personajes de Conan-Doyle, Verne, Stevenson, Poe, Wells,…) quizás sea la causa. Allí aparece “el hombre invisible” y es, a mi gusto, el más atrayente de los personajes.

Volvamos a la pregunta que apenas me deja dormir, provocándome todo un diorama de fantasías en las que yo tengo el poder (aunque no sé cómo lo he logrado) de volverme invisible, a voluntad.
¿Y qué hago siendo invisible?
Pues el mal, claro está.

El único enemigo que debe temer un hombre invisible (o una mujer invisible) es el resfriado. Pues parece que todos los clásicos están de acuerdo en que las ropas no pueden volverse invisible (lo cual es una suerte, pues imaginad lo que costaría dar con un calcetín extraviado ¡siendo invisible!)

En la vida real, se han logrado ropajes que mediante no sé qué historias pueden volver invisible al portador. En realidad, creo que proyectan un fondo encima, como “el croma” de los meteorólogos de tv.

También se ha logrado que los billetes de valor más elevado sean invisibles a la gente de bajo poder adquisitivo (lo cual explica porque te cuesta tanto ver un billete de 500€).

Pero no se ha logrado volver invisible a un ser humano. Y dudo que si se consiga, se haga público. Yo, desde luego, no lo haría. Pero yo porque soy mala persona.
Y este post invisible es otra prueba fehaciente de mi inusitada maldad.
Muajajajja (risa malvada)