Mi contribución a la Semana Santa ha sido ver la polémica, y taquillera, película de Mel Gibson acerca del vía crucis de Jesucristo (ficha).

Sabido es que el espectador tiende a simpatizar con la victima de la injusticia en la pantalla (porque “sabe” que al final –en la ficción- se hará justicia). Imaginad pues, lo simpático que resulta un tipo que se pasa dos horas bajo azotes, insultos, pedradas, escupitajos, y el “silencio e inoperancia divino”.
Es cierto, la película tiene momentos que tocan la fibra sensible de esta piedra que os escribe. (Pero también me emocionó Rambo, así que no me hagáis mucho caso).

the_passion_of_the_christ_mel_gibsonJames Caviezel (Jesús) recibiendo instrucciones de “Dios” Gibson

De la película, resulta cansina la insistencia de los lideres judíos “pro muerte de Jesús” (lo cual ha valido a la película la etiqueta de antisemita). Los romanos en cambio, quedan como un ejercito ocupante cuyos soldados son simples sádicos y cuyos dirigentes son políticos simples (haciendo malabarismos para contentar a todos, pero sin querer mancharse las manos con nada).

Pese a las incoherencias historias que pueda tener (estamos ante un hecho ocurrido hace más de 2000 años y sobre el que se ha escrito infinidad de ficción con aspiraciones de verdad), lo que sí aporta el film es la ilustración (salpicaduras incluidas) que la crucifixión era un espectáculo sangriento y sádico, y con una audiencia masiva de humanos exacerbados. Lo sabíamos pero no lo habíamos visto.

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