La primavera también afecta a las piedras.

También yo quisiera irme a un lugar donde luciera el sol tras la tormenta y donde no tuviera que fingir que comprendo y acato las normas sociales.
También yo, amiguitos.
Un lugar palpable y cuya presencia física fuera tan imponente, que asfixiara incluso la imaginación entrenada para sobrevivir.
Un lugar donde el suelo no hubiese sido pisado, donde el aire no hubiese sido respirado, donde la gente no hubiera ensuciando todo con su podredumbre.
Un lugar, amigos, donde todos los humanos hubiesen muerto y sus cuerpos se hubiese descompuesto tiempo atrás. Un lugar limpio, en definitiva.

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Pero soy una piedra. Y me quedaré para siempre donde caí.
“Haz esto”, “haz aquello”, dicen voces sin cuerpo. Entiendo su significado, pero ellas no entienden que a una piedra no se le puede pedir que hable, que venga o que se vaya, ni que viva.
Por más que grites y golpes el pecho frío de un muerto, no harás que se levante. Y si algo que ha estado vivo, no puede volver a estarlo… ¿cómo va a vivir algo que jamás ha vivido? ¿Cómo va a vivir una piedra?

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