El rebaño, siempre de acuerdo con los cánones de lo correcto socialmente, está más animado en primavera; salen de sus comedores y buscando esa prometida felicidad, esa felicidad que les han dicho que se encuentra allá fuera, se dispersan por doquier.
Todo, y a todas horas, se infecta de gente.

Y todo son ruidos y voces, gritos y sonidos; un potentísimo micrófono en un criadero de larvas, no produciría más repulsión. El domingo por la tarde sin embargo, callan.
¿Os habéis fijado en el silencio del domingo por la tarde?
Es como si la humanidad de nuestro aventajado mundo se deprimiera de repente, como si tuviera que afrontar una lenta pero inevitable caminata por el corredor de la muerte. Y estuviera en un reflexivo silencio, preludio de una lucha titánica o, como se da inexorablemente, de un manso acotamiento de cabeza.
Y el domingo por la noche, programamos el despertador.

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