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Un día, no hace mucho, me senté en la butaca tapizada de negro con un libro en el regazo. La trama no me atrapaba, pensaba en mis cosas. La mente vagó por escenas de mi vida, saltando como quien salta de link a link por Internet, sin buscar nada en particular. Y terminé por cerrar los ojos para seguir recordando… para revivir momentos. Sonrisas y humillaciones. Escenas de cine mudo, sin la luz de un día brillante, sin la luz de la realidad. Estampas apergaminadas, instantes de tonos sepias o grises, inconexos, mezclados. ¿Realmente viví todo aquello?
No, en serio. ¿Esa infancia fue la mía? ¿Yo era ese? ¿Qué ha sido de todo aquello?

Y abriré los ojos, y me encontraré en una butaca que olerá a meados y a desinfectante. Seré un viejo olvidado en una residencia. La vida se me habrá ido de las manos y como dos agujas, profundas y frías, dos grandes frustraciones, dos terribles arrepentimientos.

Primero: ¿Por qué no viví? Si es que tal cosa existe, y si no existe, ¿por qué siento como si no lo hubiera hecho? Como si no hubiese descambiado mi vale. Parece que lo atesoré celosamente, esperando no se qué…

Y segunda frustración, causa de mi doloroso arrepentimiento: ¿Por qué no me maté cuando pude hacerlo?

¿Por qué no ahora, que aún puedo?

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