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El otro día realicé un viajecito al cementerio, para asear la lápida de mi padre, y plantificar, en esos jarrones colgantes, unas flores plastificadas (este mes sería su aniversario).

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Una lápida es nuestro último Facebook. Y un cementerio no es más que una red social (de muertos) donde los familiares y amigos del “usuario” se encargan de editarle el perfil público.

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Estuve cotilleando entre los bloques de lápidas. Un luminoso y fresco día de primavera, invitaba a perder unos minutos en la observación. Encontré matrimonios con “tumbas pareadas”; familias accidentadas (padre, madre e hija, fallecidos el mismo fatídico día); lápidas con fotografías descoloridas y flores marchitas; auténticos mini-templos, con todo tipo de artilugios; y –para mí sorpresa- a un antiguo compañero de instituto.

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Como mi relación con el entorno es puramente circunstancial, desconocía que D. estuviera muerto. Nunca fuimos amigos, a lo sumo compartimos alguna clase de alguna materia optativa. Y lo único que recuerdo, aparte que tenía un hermano (¿?), es que tenía el cabello moreno y una nariz “acerdada” (detalles que aún se aprecian en la lustrosa fotografía pegada al mármol negro; así que ni siquiera eso es un recuerdo propiamente dicho).

No me entristeció saber que está muerto. En realidad, y aún a riesgo de ser políticamente incorrecto, ver tumbas de gente que ha muerto mucho más joven que yo, siempre me ha provocado cierto animo. En especial, los días luminosos en que la vida –incluso la mía- parece algo digno de ser vivido.

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Así que no descarto volver pronto al cementerio, y buscar –esta vez con afán- las tumbas de antiguos conocidos generacionales.
Me ahorraría la búsqueda si, a la entrada del cementerio, se colgara un índice o catálogo de fallecidos. Claro que esto no es más que un apunte, fruto de una visión práctica de la existencia.

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