En junio del 2007, empecé a leer la saga del niño mago más famoso de todos los tiempos. Leí los seis primeros volúmenes uno tras otro (con alguna que otra lectura para desengrasar) y ya hice algunos comentarios en mi anterior blog. (Comentarios e impresiones Potteriles aquí).

Cuando terminé el sexto, con la misma duda razonable de todo lector: ¿seguro que está muerto? , me percaté que el séptimo y último, aún no estaba en las bibliotecas. Una compañera de clase, me pasó las “reliquias de la muerte” en formato .pdf

Me puse a leerlo a inicios de noviembre, pero entre que otras feas ocupaciones requerían toda mi atención para sobrevivir y que el pasaje central del libro es una eterna huída de bosque a bosque (antes de llegar al Valle de Godric), lo dejé.

En realidad, no lo dejé, ni lo fui dejando… sino que fue el libro que me dejó (o ya no lograba retenerme, que es el anverso del mismo galeón).

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O quizás es otra cosa…. (Y ahora viene lo útil)

Ahora que ya he terminado con Potter (esta frase también la pronuncia Voldemort) siento una leve y tortuosa sensación de desamparo.

Es normal cuando se ha “vivido” una extensa trama. Subrayo lo de “vivido”, y no lo de extenso… pues también era extensa Anna Karènina o Los miserables, y no recuerdo haber sentido esta ausencia.

Lo de “vivido”, decía, es normal cuando, como yo, coges cariño a “cosas” (¿en lugar de a personas?). También me ocurrió con el final de Twin Peaks. Son “cosas”, objetos, a lo que –con afecto- llamo (y llamaré de ahora en adelante): horrocruxes. Cosas en las que uno deposita una porción de su alma.

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