** He hecho malabarismos para no desvelar lo trascendental; aunque léelo bajo tu responsabilidad. **

El último libro de la saga empieza con una matanza -que sorprende por la muerte innecesaria de *** y por la muerte anodina de un personaje que, si debe morir, merecería una muerte llena de honor y gloria (y no la tiene).

Luego sigue un extenso pasaje anodino. Un ir y venir de “Poncio a Pilatos”. Una eterna huída con una misión que cumplir (destruir los horrocruxes) para la cual, los tres héroes prescinden, no sin una pizca de vanidad y soberbia, de toda ayuda que sus amigos y protectores les ofrecen. Deben hacerlo ellos, esgrime Harry. (Es una medida valiente: enfrentarse solos a su destino… lástima que al final, la autora opte por terminar igual cómo empezó la saga: como un cuento de hadas… -luego hablaremos de ello-).

En esta larga caminata hacia el enfrentamiento final, la autora aprovecha para hacer un guiño a los lectores fieles, haciendo aparecer a todo cristo. Aparecen casi todos los personajes, incluso secundarios o meros “extras”, en aquello que en el cine se llamaría “cameo”.

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Como la historia de Riddle y la de Harry ya ha sido muy explicada en los seis libros anteriores, es la infancia y juventud de Albus Dumbledore (y familia) la que se nos explica aquí. Interesante, si queréis, pero vamos al turrón…

Lo interesante del libro, y en realidad de toda la saga, no llega hasta el capítulo 33. En él, Harry se asoma a los pensamientos del eterno malvado (que a estas alturas, y tras seis libros con el mismo juego de equívocos, TODO LECTOR SABE de qué lado está Snape). En los pensamientos de Snape, Harry encuentra toda la historia, resumida, fragmentada, pero luminosa como el patronus de Lily.

Tras contemplar los pensamientos, tras entender el maquiavélico plan de Dumbledore (porque, francamente, hay que ser cabrón e hijoputa para idear ese plan), Harry se cubre con la capa de invisibilidad y va hacia su destino.

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De camino al enfrentamiento, Harry recupera los “fantasmas” de sus padres y de otros dos amigos (uno, como quien dice, aún con el cadáver caliente) para que le reconforten. Estamos ante el mejor pasaje del libro, un pasaje realmente emocionante y emotivo. Una lenta caminata hacia la culminación, una cita heroica en el último duelo. La muerte nos espera…

Ese seria un destino profético que pondría un broche de oro para la saga. Pero… demasiado atrevido para la autora. Que opta por incluir una reaparición fantasmal que aclara –como en todos los libros anteriores-, los puntos oscuros del libro. Y encamina a Harry al duelo. Un duelo completamente desvirtuado, ante el que ya no sentimos, al menos yo, más que indiferencia: YA SABEMOS QUIÉN GANARÁ. Y así sucede.

Para más pena, la autora añade un “epílogo” que se sitúa unos cuantos años en el futuro. Un fragmento que sólo agradará a esos lectores que lo único que buscan es formar parejitas y que, como viejas alcahuetas, viven las relaciones sentimentales de los personajes como mero sucedáneo de las suyas.

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