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Desde que la crisis está reconocida oficialmente, no hay semana que no reciba la visita de un chatarrero, con acento de Europa del este, y su destartalada camioneta.
No me visita sólo a mi, recorre el barrio dando unos timbrazos tan alarmantes que sólo tiene que llamar a una casa de cada cuatro.
Nunca le he dado a entender que esté dispuesto a deshacerme de mi chatarra. Pero él insiste.

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Una vez a la semana, también recibo la pesada llamada del Sr. Telefónica (o alguno de sus competidores/aliados: Don Orange, Don Ya.Com, u otros tentáculos del mismo pulpo).

timofonicaTimofónica, ¿aló?

La teleoperadora, que siempre es chica y de marcado acento sudamericano, vomita un discurso ensayado, cansino y repetitivo. Procuro hacerle entender que no estoy interesado, pero da igual…

Dependiendo de mi estado de ánimo, actúo de la siguiente forma:

  • Si tengo un buen día, dejo el auricular descolgado y me voy a tomar algo a la cocina o pongo la tele.
  • Y si tengo un mal día, le cuelgo (con alevosía, sí).

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