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Luchino Visconti, aristócrata y cineasta italiano, es uno de mis autores favoritos del país que se apropió de la etiqueta de “neorealismo” en el cine.

luchino_viscontiLuchino Visconti

Si Visconti fuera cocinero, parece imposible que invirtiera menos de dos horas en preparar una tortilla. No es que su cine sea lento, sino que se va cociendo despacio (que no es lo mismo).

Una película lenta es, para mí, cuando ves, notas, “sabes”, que todo aquello se podría hacer más rápido (y te desesperas viéndolo y empiezas a pensar en tus cosas. Escapas, en definitiva, a la atracción de la narración). No es el suyo un cine contemplativo y silencioso (como esas películas de países lejanos y para nada comerciales, o las obras de aquellos cineastas pretendidamente intelectuales). Tampoco son películas en las que “no ocurra nada”, al contrario…

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Visconti aplica a su cine un regusto por las cosas que ocurren despacio, dramáticos desmoronamientos silenciosos. Una especie de imposibilidad de agarrar el tiempo, de impotencia ante algo que se escapa de las manos (la vida, en Confidencias; una forma de vivir, en El gatopardo…). Puede parecer muy etéreo, muy poético, quizás incluso cursi… nada más lejos de la realidad. Visconti muestra las más bajas pasiones y las más truculentas acciones (el abuso –matriarcal, dictatorial, sexual- y el suicidio en La caída de los dioses; la inmigración, la pobreza y la violación, en Rocco y sus hermanos, o el puro y simple asesinato de un bebé, en El inocente).

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Actos terribles que no estallan de repente, sino que terrible y simplemente, pasan. Se producen al igual que en la vida real: con espantosa naturalidad y silenciosa lentitud.

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