maigret

Maigret y los ancianos es una novelita de la serie del Comisario Maigret (de esas que Simenon escribía en una semana). Ha sido la primera que he leído del personaje que más popular hizo a su autor (de momento, pero, sigo prefiriendo al Simenon duro, el que escribe sobre seres anónimos).

La novela es una de aquellas de un crimen por resolver. Sin ningún personaje particularmente atractivo, ni frases lapidarias… Algo sin pretensiones, que va cociendo poco a poco (entretiene y se hace leer) y que, a falta de cuatro páginas, da un vuelco inesperado.

Es la decisión del conde de Saint-Hilaire lo que martillea mi mente, y me obliga a escribir a altas horas de la noche.

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La última noche de la vida de mi padre, fue horrible. Horrible para él, porque yo me la pasé durmiendo. (Esto no pretende ser ni un apunte de indiferencia, ni un grado de culpa: es un hecho y punto).

Cuando se llega a cierta edad, uno empieza a pensar en su vejez y su muerte. Aunque no hablaba de ello, mi padre hacia sus previsiones de cómo se iría cercando a su fin. Sus planes no se cumplieron.

Si el ser humano tuviera un botón de apagado (o una voluntad suficiente para detener su propia existencia), me parece evidente que mi padre hizo, tras su última noche, un radical cambio de planes. Y optó por la vía rápida. Y se apagó porque no quiso desmoronarse, y desmoronar a los de su alrededor, con una lenta e infinita agonía, de dolor, humillaciones y miserias.

(El reproductor de música hace sonar temas de forma aleatoria. Y ahora, curiosidades de la vida, me regala “Endless rain”. Muy apropiado para unas lágrimas en soledad).

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Aunque apenas he salido de estas cuatro paredes, he visto tan agónicas muertes, tanta angustia, miserias y penalidades, que pienso en ella, en mi muerte, desde hace años. Puedo ser joven, puedo aparentar ser joven, pero a menudo creo que ya soy un viejo por dentro. Esto cuando estoy optimista; cuando estoy depre, simplemente me percato que toda mi existencia, no son otra cosa que espasmos post-mortem. (Y esto enlazaría con aquella teoría mía que la vida, como tal, no existe. Y que la existencia (la vida) no es más que un preludio de la muerte. Que vivir es, en definitiva, como hacer tiempo en la consulta del dentista: tarde o temprano te tocará a ti, y no será nada agradable).

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La culpa de que aún siga vivo es mi sentido del humor. Arma arrojadiza y escudo defensivo. Luego está la tele, “con sus maravillosos programas, uno tras de otro…” que diría Homer. La gente va y viene, te promete y te abandona, se olvida de ti o te traiciona; la tele siempre está ahí. (No hace falta decir, que por tele me refiero al cine clásico, a las grandes series, y a los documentales que me hacen ver realidades que no conocía. La otra tele, esa que vive por las audiencias, esa de la que habla la gente cuando no tiene nada que decirse, no la conozco).

Hay que tener un poco de confianza en la gente”, dice el personaje de Mariel Hemingway al final de Manhattan, a un Woody que alza las cejas, esforzándose en creer algo que, o a mí me lo parece, no termina de creer. Como quien mete el dedo en la bañera para comprobar que no está demasiado caliente.

Y luego está Bergman. Siempre está Bergman si uno sabe cómo llegar a él. Y dice: “Es mejor creer en cualquier cosa, aunque sea falsa, que no creer en nada”. Y yo no creo en nada. Y siento un vacío tan tremendo, tan ensordecedor, tan infinito, que apenas vivir puedo. Porque para vivir hay que tener callada esa vocecilla de la cruda realidad que tenemos en la cabeza (“los días son todos el mismo día”, “ahora mismo, la vida se te va entre los dedos”, y otras de parecidas).

Y ahora nos vamos a Sartre, que dice “hay que elegir: o vivir o contar”. Parece evidente que yo me he refugiado en contar. Y aunque hago amagos, o intentos, de encajar en el mundo real, no puedo.

Pero no hace falta leer a esos tipos depresivos y polvorientos para llegar a estas conclusiones. También están en la tele: Lane, la amiga coreana de Rory Gilmore, llega a una conclusión parecida a Sartre: “están los que viven y los que hablan de vivir”.

lane_kim.

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Y haciendo cosas como este texto, echando pensamientos enlazados y sazonados de televisión, me doy cuenta que, en parte, me escondo. Sí, me escondo. Escribir sobre estas miserias las aleja, o eso cree el autor momentáneamente, y las plasma ahí, en un mundo tangible, pero externo, “de fuera”. Es la misma técnica que aquel personaje de Bergman (¿veis? Otra vez Bergman) que en la película Como en un espejo, va anotando en una libreta las diferentes fases y los pequeños cambios de su hija, que sufre una enfermedad terminal. Pero es incapaz de sentir nada por ella. Sólo se le puede acercar a través de lo que escribe de ella, su descomposición.

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Y para darle un happy-end, y engañar al personal y que crea que todo esto, es sólo un pasatiempo intrascendente, aquí va un chiste de suicidas:
Si sigo vivo es porque aún no he encontrado un puente suficientemente alto”.

puente

¿Y tú? ¿Ya tienes el tuyo?

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