Me parece que ha transcurrido una eternidad desde que leí La gaviota (aquí), pero precisamente por el impacto que me produjo, necesitaba poner lecturas de por medio antes de abarcar la otra obra de Chéjov (El jardín de los cerezos).

Para haber sido escrita hace más de 100 años, resulta sorprendente como, uno de los hilos subterráneos, sea la especulación urbanística. Y es que hay cosas que nunca cambian.

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Un par de frases lapidarias:

Si para curar una enfermedad, cualquiera que sea, se prescriben muchos remedios, esto significa que la enfermedad es incurable. (Recordad que Chéjov era médico).

(Referido a un amante) Es una piedra que llevo colgada al cuello, con esta piedra me hundo y me ahogo, pero yo quiero esta piedra y no puedo vivir sin ella.

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Y mi fragmento favorito (imposible no sentirme identificado)

Epijódov: – Yo soy un hombre cultivado, leo libros magníficos, pero no llego a comprender qué camino he de seguir ni lo que realmente quiero, si continuar viviendo o pegarme un tiro, hablando en propiedad. De todos modos, siempre llevo conmigo un revólver. Miradlo...
(Muestra un revólver)
Charlotta
: – He terminado. Ahora me voy. Tú, Epijódov, eres un hombre muy inteligente y muy terrible; las mujeres te deben amar locamente. ¡Brr! (Se pone en camino). Y qué tontos son todos esos inteligentes, no tengo con quién conversar. Siempre sola, sola, no tengo a nadie y… no sé quién soy ni para qué vivo…

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Creo que debería releer Las tres hermanas, que leí hace algunos meses y de la que no recuerdo especialmente nada. Quizás entonces no era el “momento”.