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Ayer por la noche, antes de acostarme, me dispuse a leer el primer acto de La gaviota, de Chéjov. No pude parar hasta terminar el tercero (tiene cuatro). Era tan tarde que hasta mi reloj se había quedado dormido. El autor señala que entre el tercer y el cuarto acto pasan dos años, así que me lo tomé como una imperiosa orden de hacer una pausa.

Esta mañana, tras un frugal desayuno, he terminado la obra.

chejov_lagaviotaEl autor, y los actores, haciendo una lectura de la obra

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Es evidente que el teatro se escribe para ser representado. Pero a falta de tortas, toca comer pan seco (y si no hay esas representaciones, hay que conformarse con las lecturas de los textos). De todo el teatro que he leído (y no es mucho, pero sí alguno) esta obra es la primera que REALMENTE me ha dicho algo.

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Al igual que Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman, es una “película” que hace que inmediatamente el resto de películas caigan un peldaño (o muchos), La gaviota ha hecho que todo el teatro que he leído hasta ahora, me parezca una simple nota a pie de página.

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Y ahora tocaría explicar por qué. Pero esto no debo ni siquiera intentarlo.

Cuando algo nos gusta, queremos que los demás lo conozcan, lo aprecien (así lo he hecho con libros, películas, cómics, etc… aún hoy lucho porque abráis los ojos a una serie como Rescue me, -sin demasiado éxito, todo hay que decirlo-), pero hay otras cosas que, celosamente, guardamos para nosotros. Quizás porque las sentimos tan próximas que un rechazo por parte de “la gente”, nos haría daño.

la-gaviota_chejovLa gaviota, literalmente

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¡Leed La gaviota!
¡Ved La gaviota!
Y aunque no os guste, o no le encontréis nada especial, no importa… (Cada uno tiene sus gustos). Pero yo tenía que deciros que hay mucho de mí, allí.

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