El lunes fue un día horrendo. Me pasé la mañana corriendo al baño cada hora para echar hasta la Última Cena (aquella que hicimos con el Maestro, y de la que me fui para ir a cobrar mis treinta monedas). Será una gripe rara, algo que comí y me sentó como una inspección de Hacienda, pero… ¡agh!

Sólo hay una cosa peor que vomitar. Es vomitar cuando ya lo has vomitado todo. Cuando el estomago se esfuerza en echar cuando ya no tiene nada por echar. No entraré en detalles. (Y entenderéis que la imagen que ilustre este post no sea muy exacta a la realidad).

Mientras estaba echando la pota pensé en aquellas/os que vomitan por afición. (Que la anorexia y la bulimia, son cosas muy serias), pero me refiero a gente que se provoca el vómito. De todo lo que cualquier ser humano puede hacer contra su propio cuerpo, provocarse el vómito debe ser lo peor, o lo segundo peor tras provocarse daños cerebrales irreversibles viendo Los Serrano.

Me pasé la tarde en cama. Sin ánimo de nada.

Por la noche no estaba mucho mejor, pero con suficiente ánimo para ver la tele. El humor de Camera café y The Office, el último Què qui com, y un episodio de Planetes. Y me arrastré, con gran dolor (me dolía todo, hasta los bolsillos), hasta la cama, donde postre mi cuerpo hasta tiempos mejores.