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El objetivo B consiste en lograr una plaza, mediante oposición en –puestos a escoger-, una biblioteca.
¿Sí, seguro? Me pregunta el pequeño bastardo. Porque haciendo lo que haces, dice, no lo lograrás.
Mi técnica consiste es esconderme bajo los abrigos –como Homer– y confiar que, de un modo u otro, todo se solucione.

¡Qué moñas! Diría Tommy Gavin.

He empezado, me he rendido, y he vuelto a empezar tantas veces que tengo la impresión de llevar toda la vida con esto. Parece que a mi, todo me cuesta horrores. Quiero acapararlo todo, quiero controlar todas las posibilidades… y con esto, y mi tendencia al hundimiento, me disperso y las oportunidades pasan. Voy empequeñeciendo y la vida se va. La vida siempre se va, esto está claro. Pero hay formas y formas…

En los últimos meses he estado atento a las ofertas públicas (primer paso del proceso; es cuando un ayuntamiento, o ente, “oferta” las plazas que necesita cubrir). Atento a las plazas de Auxiliar de Bibliotecas. Pero también a las de Auxiliar Administrativo (pues los contenidos del temario son –incomprensiblemente- parecidos). Y también he estado atento a las plazas relacionadas con la Informática (al fin y al cabo, eso es lo que estudié, si se valoran títulos académicos ahí sí tengo algo que aportar… aunque luego de informática, apenas sepa nada…).

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Yo soy el primero que me hago la zancadilla. Casi diría que soy el único que se molesta en ponerme trabas (al mundo le importo poco o nada). Mi vida entera es una lucha conmigo mismo. Un espectáculo patético de ver. Una angustia tremenda llena de dudas, sufrimientos, y rendiciones previas a las batallas.

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Acaparo información de ofertas públicas por doquier. Demasiada. Y luego me agobio. Pues cada una me parece que pide cosas distintas, cosas que no tengo, y eso me desespera. Es como escalar una montaña cuya cima va aumentando. ¿Por qué hago las cosas al revés?

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El plan lógico es: invertir un tiempo buscando ofertas, seleccionar las oportunas, escoger una, agarrar el temario que pidan (ESA y sólo ESA) y ponerse a estudiar como un fundamentalista talibán. Convertirse en un sacrificado Rock Lee, agarrar la guadaña de la confianza y sesgar a todo el que se ponga por delante.

Si lo sé, ¿por qué no lo hago?
Os daré la respuesta (pues soy lo suficientemente inteligente como para verla)
Porque estudiar un temario (el que sea) es algo que uno hace a solas, sin tener que enfrentarse con el mundo exterior. Y en esto no tengo ningún problema.

Pero estudiar EL temario de una oposición en concreto requiere otras cosas: Requiere presentar una estancia con todo un papeleo cumplimentado y sellado que hay que procurarse, requiere ir a Poncio y a Pilatos, requiere… ah, el mundo desconocido.

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El problema es el siguiente:
Cuando un ente publica su oferta pública no pone el temario.
Y cuando pone el temario tienes 20 días para presentar solicitud.

Entre que aparece la oferta pública y se hace la convocatoria (con el temario y fechas de entrega de papeleo) no hay tiempo determinado. Lo que equivale a que pueden pasar meses o… ¡años!

Así, cuando uno descubre una oferta interesante (por categoría, o por ser en un pueblo cercano) no puede empezar a preparar nada, porque no sabe qué hay que preparar.
Y cuando aparece la convocatoria, cuando se te dice cómo serán las pruebas, no puedes ponerte a buscarlo TODO o empezar a estudiar de cero. Ya deberías tener algo en el zurrón.

Esto no puede ser un impedimento, miles de personas antes que yo, se han colado en la burocracia. Y muchos de ellos seguro que son más simples que el asa de un cubo. (Esto no va por ti, oh lector accidental, sino por “los otros”, ya sabes).

Refunfuño, y mientras refunfuño nada hago.
Mal vamos…
Fracasado he